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Lindas playas, sol –casi- eterno, buenas olas, excelente comida. Cualidades nada desdeñables y famosas de la provincia de Talara. Sin embargo, al adentrarnos más allá de lo evidente, comprobamos que el encanto no acaba en la cresta de la ola. Un paseo en bote por el mar de Los Órganos nos aproximó a una rama del turismo poco conocida en nuestro medio, pero no exenta de aventura: el ecoturismo de observación.
Nos cogieron desprevenidos. Acabábamos de dejar el muelle del distrito Los Órganos* a bordo de un pequeño bote, y todavía estábamos acomodándonos en la lancha que nos llevaría en su búsqueda, cuando ellos nos salieron al paso. Aparecieron como una alucinación, escurriéndose entre las embarcaciones, en una mezcla de loca carrera y armoniosa coreografía. Fue así como decenas de delfines locales nos dieron la bienvenida a sus aguas.
El día anterior, en Lobitos*, un tablista nos había dado buenos indicios. Había tenido un encuentro cercano, durante su incursión en Piscina*. Al escucharlo, mentalmente deseé tener la misma suerte, en mi primer intento por encontrarme cara a cara con uno de esos animalitos de perenne sonrisa, casi tan enigmática como la de la Mona Lisa.
Golpe de suerte, buena estrella, telepatía. La explicación poco importa. El asunto es que, esa mañana, salí en su búsqueda cámara al hombro. Y pese a la imposibilidad de anunciarles mi visita, estuvieron puntuales en la cita. Cerca de treinta delfines mulares o “nariz de botella” estaban allí, libres, frente a mis ojos, sin pantalla de por medio, escapados de mis sueños, casi al alcance de la mano, y dispuestos a dar un espectáculo inolvidable.![]()
Su nombre científico es Tursiops truncatus, explica Sebastián Silva, biólogo marino y guía de la excursión. Él y Belén Alcorta, especialista en ecoturismo, apoyados por “Veloz” -el conductor de la lancha en la que nos desplazamos- integran Pacifico Adventures, organización ecoturística de reciente creación, dedicada a promover la visita a zonas naturales en esta parte del norte peruano, con la finalidad de transmitir su pasión por el entorno y la necesidad de conservarlo.
Repuestos de la sorpresa inicial, fuimos tras la manada gris. Adultos y crías se deslizaban muy próximos a la orilla. Luego de rebasar el cerro El Encanto*, y a medida que iban quedando en claro sus reglas, la distancia se acortaba. Un primer intento de detenernos no tuvo el efecto esperado, así que “Veloz” entendió que había que avanzar con cautela, para no espantarlos.![]()
Poco a poco pude contemplar con mayor nitidez esa expresión amigable con la que los ha dotado la naturaleza. Habíamos logrado ganarnos su confianza, porque estaban ahora allí, deslizándose a los lados del bote, veloces y escurridizos. Pude observar también su piel gris, tersa e impermeable, las muescas en sus aletas, sus ojos redondos y brillantes; escucharlos “hablar” entre ellos y también dirigiéndose a nosotros con chasquidos indescifrables.
Era difícil centrar el objetivo de la cámara en un punto específico, porque el grupo entero parecía disfrutar la sesión fotográfica que protagonizaba: uno aparecía y desaparecía al lado mío, otro desplegaba su talento de acróbata con piruetas impresionantes, mientras sus compañeros saltaban en forma sincronizada unos tras otros.![]()
No hay mejor manera de aprender a amar algo que conociéndolo. Ver a los delfines tan cerca, en su hábitat, realizando acrobacias por instinto y sin la intermediación de entrenamiento humano, es una experiencia que difícilmente puede explicarse con palabras.
Y es entonces que despierta el interés por ir más allá de la vista momentánea. En el tiempo que Sebastián lleva estudiando la zona, ha podido identificar dos tipos: grupos visitantes de Delphinus delphis o delfín común, que pasan en gran número en su tránsito por el océano; el otro tipo es el grupo que esa mañana nos acompañaba, delfines mulares, que se desplazan y se desenvuelven en un área de hogar posiblemente situada entre El Bravo (Punta Sal) y Cabo Blanquillo, explica.![]()
“La gente no es muy conciente de la necesidad de conservación” comentan los guías. Sebastián hace hincapié en que el exceso de redes, los desperdicios arrojados al mar, y la pesca incidental, entre otras actividades humanas realizadas sin consideración de los impactos en el ambiente, merman las poblaciones de delfines y otras especies. Y mientras sigan siendo vistos como estorbo, o alimento ocasional, y no como parte de un atractivo turístico que debe ser aprovechado y protegido, la situación no cambiará.
Cansada de disparar de un punto a otro, dejo la cámara a un lado y me dedico a disfrutar el espectáculo sin filtros ni atenuantes. Hoy, al cerrar los ojos y verlos brincar alborotados, estoy convencida de que –no obstante ser irreproducibles- no hay mejores imágenes que las almacenadas en la propia memoria.
La amistosa carrera entre el grupo de cetáceos y humanos se prolongó hasta El Ñuro*, punto en que se decidió variar el rumbo de la lancha para no agotarlos, y dejarlos seguir su camino sin distracciones.![]()
La percepción –hasta ahora imborrable- de su disposición a comunicarse con nosotros no radica sólo en la visión de su sonrisa. Lo expresaron sus ojos grandes, curiosos, intentando ver de cerca a quienes ocupábamos la lancha. Lo dijeron también, en ese idioma que, lamentablemente, todavía es para los humanos una suerte de lengua indescifrable.
*REFERENCIAS
-Los Órganos: Panamericana Norte Km. 1150
-El Encanto: Cerro cuya forma, semejante a un órgano de tubos (visto del lado del mar) le da nombre al distrito.
-El Ñuro: caleta ubicada a aproximadamente seis kilómetros del muelle de Los Órganos, hacia el sur.
-Lobitos: Panamericana Norte Km.1104
-Piscina: Playa adyacente a la playa principal de Lobitos, recibe ese nombre porque las formaciones rocosas semejan una piscina.
-El acceso a algunos sectores de Lobitos como Piscina, es restringido, por tratarse de una zona militar.
-Vichayito, balneario contiguo a Las Pocitas de Máncora.
Ecoturismo de observación: potencial no explorado![]()
El avistamiento de delfines no es raro a lo largo de la costa peruana, así como tampoco lo es el de las ballenas jorobadas, que ya pueden verse, en esta época del año, con un poco de suerte o de paciencia, desde los muelles de Talara y Paita. El Perú tiene más de treinta especies de cetáceos, entre delfines y ballenas.
La observación de especies marino costeras es una importante fuente de ingresos en otras zonas del planeta; paquetes turísticos completos, dirigidos a personas de todas las edades, para disfrutar del placer de apreciarlas en su entorno natural.
Sin embargo, en el Perú, pese a ser una país privilegiado por su diversidad biológica, son contadas e incipientes las iniciativas destinadas a explotar, en forma responsable y con espíritu conservacionista, esta rama del turismo denominada ecoturismo de observación.
Talara no escapa a esta situación. En dos horas, durante el recorrido realizado por la franja marina situada frente a Los Órganos, pudimos entrever una muestra de esa fuente de recursos, dormida en nuestra costa.
Luego de dejar a los delfines continuar su ruta, enrumbamos hacia la plataforma plataforma petrolera cercana. Al llegar hasta ese punto, desde el bote pudimos observar el sueño despreocupado de un lobo marino (Arctocephalus australis anota el biólogo).![]()
En el mismo lugar, en la punta de la estructura, entre decenas de aves, Belén dirige la atención hacia el brillante color de las extremidades inferiores del piquero patiazul (Sula Neuboxi) una de las aves más populares de las Islas Galápagos, y cuya zona de circulación se extiende también al extremo norte del Perú.![]()
Y mientras nos concentrábamos en el azul del piquero, fugaces sombras sobre nosotros, nos alertaron del paso de una bandada de las estilizadas tijeretas, aves que responden al nombre científico de Fregata magnificens.![]()
Ya casi al final del paseo, frente a Vichayito, la lancha se detuvo. Nos sumergimos por un rato, para seguir observando. Ante nuestros ojos se desplegó un abanico de diminutos y coloridos peces que envidiaría cualquier acuario; muy cerca, entre las rocas, un pulpo no logra escapar de la mirada de los intrusos; una vez satisfecha nuestra curiosidad, el pequeño molusco es devuelto a su hábitat. La ballena jorobada, avistada unos días antes desde el muelle, esta vez se dejó extrañar. Motivo más que suficiente para emprender la siguiente excursión.
sábado, 18 de agosto de 2007
En busca de la sonrisa del delfín
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Etiquetas: avistamiento cetaceos, ecoturismo, el encanto, mancora, norte peru, ñuro, observacion aves, organos, piquero, playas piura, talara, vichayito
viernes, 13 de octubre de 2006
De Máncora a Cabo Blanco: rastros de sol y mar
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El crepitar de una hoguera y el estallido de olas alborotadas, ocultas tras las palmeras, nos dieron la bienvenida. Llegamos de noche, con la impaciencia de ver salir el sol, sólo por el gusto de atardecer con él, viéndolo perderse no sin antes teñir de fuego mar y cielo, en uno de los siempre distintos -pero igual de inolvidables- ocasos en Máncora.
En los jardines de Las Arenas de Máncora los leños arden, acentuando la sensación de calidez de la noche. Sensación reconfortante, y a la vez extraña para la hora y la época; hace casi cuatro horas, al abordar el autobús, hemos dejado la ciudad de Piura, sumida en un tenue frío y un incipiente gris.![]()
Un chamán, dotado de varas, espadas y toda la parafernalia afín a su labor nos recibe. Hay que cogerlo con fuerza, exclama, mientras nos frota con bastones similares al que por turnos vamos aferrando. César Cristóbal Silva Quiroz, facilitador de salud intercultural –como señala en su tarjeta de presentación- lanza sobre cuerpos y rostros, aspersiones de tragos de confuso olor a hierbas y perfume.
Nos dejamos hacer, entre divertidos y escépticos, con una incredulidad que parece quebrarse al término del ritual, con el mensaje al oído que deja abierta la duda, dicho por este oficiante popular, curador de males, ahuyentador de espíritus negativos, y hechicero de la buena fortuna, según los creyentes de estas artes. ![]()
Amanece. Generoso, extiende sus brazos con intensidad desde que asoma por el horizonte. El sol esa mañana ha decidido honrar la fama norteña, y la del departamento de Piura en especial, de ser la zona donde el calor es eterno. Estamos en la provincia de Talara, en el distrito de Máncora, en el sector conocido como Pocitas, a quince minutos del pueblo, listos para empezar a recorrer un pedacito del norte, en dirección sur.
Abandonamos el hotel no sin antes bajar a la playa y tener un primer contacto con las olas, ya menos turbulentas que la noche anterior, ya casi tibias también. Cogemos la vía afirmada, siempre de cara a un mar de tonalidades cambiantes, por ratos azul opaco, otras luminoso, por retazos verdoso, sin dejar de ser impresionante y atrayente. Para tener ganas de lanzarse de cabeza en sus aguas no hace falta canto de sirenas: es autosuficiente.![]()
Hacemos la primera parada en Vichayito. Antes hemos apreciado, a vuelo de pájaro, el límite natural entre el distrito de Máncora y Los Órganos. Una línea rocosa en el mar, basta para señalar el fin de uno y el inicio de otro, aunque fuera de eso, el espectáculo sensorial mantiene la misma tónica: mar, arena y aire limpios, sin ruidos molestos, y con palmeras salpicadas por un lado y otro, dándole marco a las casas y hospedajes abiertos a lo largo del litoral, y multiplicadas desde que empezó el nuevo “boom” de las playas norteñas, gracias a políticos y surfistas.
Vichayito Bungalows de playa nos permite husmear en sus instalaciones. Acogedor, con sus habitaciones palafitos, fabricadas con materiales naturales, armoniza con el entorno. En la parte alta, la piscina para quienes prefieren sólo contemplar el agua salada, o como plan de contingencia cuando el océano está de mal humor y expulsa a los intrusos a maretazos. La administradora comenta que no hay red de energía eléctrica, pero esta falta se suple con generador. La conexión celular no falta, según pudimos comprobar en la pantalla del móvil (dato interesante para los que no tienen el valor de desconectarse y disfrutar sin atenuantes de una antesala del paraíso).
¿Dónde están los merlines?![]()
Seguimos nuestro paso fugaz y casi resignado por tener que ver sin tocar fragmentos mágicos de nuestro mar, cada uno con su cuota propia de cuentos y tradiciones, de los que oímos apenas el comienzo, cuyo contenido adivinamos y con desenlace muchas veces imprevisible.
Observamos intrigados hasta que nos duele el cuello de tanto torcerlo, a El Encanto, “apu” costero, baúl de mitos y supersticiones locales, en especial de los hombres de mar, que lo miran con una mezcla de miedo y respeto, “de lejitos nomás porque que a veces gusta de atrapar gente en su vientre, para no soltarla más”.![]()
Y en esas estamos, todavía imaginando los misterios de El Encanto, cuando nos detenemos ya en Cabo Blanco, ubicado aproximadamente a 25 kilómetros de nuestro punto de partida. Pueblo con pinta de olvido, contrastante con sus olas muy de moda, punto de encuentro de tablistas de diversas banderas, pieles y lenguas. Por allí aterriza, de vez en cuando y sin aviso, “caleta nomás”, Sofía Mulanovich, la campeona de la serena sonrisa y de pocas palabras, a entrarle con su tabla a los tubos de la mejor playa de Latinoamérica, a decir de algunos entendidos en este deporte.
¿Dónde están los merlines? Por fin podemos soltar la pregunta que tenemos en la punta de la lengua desde que Belén, nuestra guía, nos anunció la visita a Cabo Blanco. En 1950 esta caleta fue también un “point” de lo más cosmopolita. Personajes de todo el mundo llegaban hasta ese lejano pueblo del norte del Perú, a la caza del merlín negro y otras especies marinas de gran tamaño.
Hasta allí llegó Ernest Hemingway, en 1956, movido por el afán de ver la materialización de uno de sus demonios, salido de las entrañas del mar: el pez espada que tanto atormentara al viejo de su laureada novela. Cuatro años antes, el Fishing Club de Cabo Blanco había hecho noticia con un récord mundial: la pesca del merlín más grande del mundo, de 702 kilos de peso. Lugareños y surfers aseguran que la marca aún no ha sido rota.![]()
O la pesca indiscriminada arrasó con la especie, o los merlines, cansados de tanto acoso, decidieron llevarse la fiesta a otra parte. Lo cierto es que de aquella época de esplendor quedan sólo recuerdos, y los fabulosos peces de puntiagudo apéndice, de esa descomunal contextura no han vuelto a dar la cara por esas aguas.
Sin embargo, mientras nos dejamos mecer por las olas–en ese momento suaves y heladas- mantenemos la mirada fija y aguzada por un largo rato, pensando quizás en que un golpe de suerte nos llevaría a avistar la respuesta a nuestra interrogante.
Ver para creer. La frase atribuida a Santo Tomás sale a flote, y el dicho cobra fuerza, ante la contemplación de las fotografías en blanco y negro que acompañan las palabras de Pablo Córdova, hoy regente del restaurante Cabo Blanco y barman del Fishing Club de antaño, el barman que es la prueba viva de que la época dorada del club de pesca de altura, Hemingway y el merlín negro existieron, y alguna vez fueron parte de la vida de ese pueblito con pinta de olvidado pero con olas de moda que es Cabo Blanco.
Los mil y un potajes de Harry Schuler![]()
Estamos de regreso en Máncora. Con los ojos algo adoloridos –pero no hastiados- de tanto admirar la belleza verde azul del jirón de costa recorrida. Exhaustos, hambrientos. Hemos dado unos cuantos pasos en la serenidad del Punta Ballenas Inn y Harry Schuler, nuestro anfitrión, sale a nuestro encuentro con la carcajada limpia, el comentario picante y la mano franca. Todo un personaje, por su vida y por su historia; y no deja de despertar una especial emoción verlo después de haberlo “conocido” contado y compartido por el inigualable Alfredo Bryce Echenique. ![]()
La vista desde su hospedaje, directa al mar, es bella, aunque ya a estas alturas de la ruta la mención de la belleza parezca redundancia (ver para constatar, les aconsejo). Al volver la mirada hacia el interior, el panorama no es menos placentero. El ingresar al bar, con sus decenas de mandíbulas de tiburón, gorras, placas de autos, artesanías, produce la sensación de haber entrado a una mezcla de barco pirata y rincón de viajero.![]()
La charla, la actitud y el ambiente que rodea Harry, afincado hace 21 años en Màncora, invita a ponerse cómodo y dejarse agasajar. En el comedor, la mesa salpicada de pétalos,y los amplios ventanales enmarcando el mar, son buenos augurios de lo que se viene. Pulpo, pescado, langostinos y calamares, llegan reunidos en el imprescindible plato de apertura: el ceviche.
Casi de inmediato, ya está en nuestros paladares el pulpo al olivo: suaves la textura del molusco y el sabor de la salsa; un delicado rastro de aceituna, suficiente para agradar incluso a quienes no gustamos de este fruto.
El chef ha prometido no detenerse hasta que los comensales lo soliciten. Pero antes de que alcancemos a decir basta, surgen como sacados de la manga más platillos: Tierra y mar, una combinación de chicharrones de especies marinas y terrestres de tono criollo; los langostinos en salsa de naranja y kión ponen la nota oriental; el enrollado de pescado en salsa de langostino nos deja exhaustos; y el tacu tacu de mariscos simplemente nos hace caer sin remordimientos en el quinto pecado capital.![]()
Y cuando la maratón gastronómica parecía ya cerrada, Harry demostró que no se le escapa nada: Su pie de maracuyá y la copa de anisado nos devuelven la ligereza del inicio, y hasta nos deja sentir que podríamos empezar sin pereza una nueva ronda por las nunca totalmente recorridas rutas y los interminables sabores de Piura y el Perú.
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Unknown
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9:37 p. m.
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